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Proyecto CERO ONG Internacional

No juzgarás X.0

Pachús Barbón, Agosto 2014

 

No sé cuantas veces me pude repetir la frase, “no juzgarás, no juzgarás…”  Y aunque ésta no fue la primera, es la primera de la que escribo, por eso  X.0. y no 1.0 ó 2.0… En fin, NO JUZGARÁS.

 

En la pediatría hay muchas visitas, los fines de semana sobretodo. Mucha gente que vive por allí, que admira y colabora con el Padre Hugo,  visitan a los niños, al padre, a los voluntarios que allí estamos y gustan de tomar algo o aprovechar para llevar algún regalito.

 

Así fue como un sábado, en una de mis bajadas a la zona de voluntarios, coincidí con él. Preparé un café con los restos que nos quedaban, intentando como siempre que saliera el mejor de los cafés. Disfrutar en un momento de descanso de una taza de café italiano, en ese patio con vistas al valle frondoso,  es una pequeña dosis de confort, una pequeña burbuja dentro de ese caos del que sales un momento para volver un ratito después; y cuando las circunstancias lo permiten, se disfruta de una manera muy especial.

 

Él aceptó gustoso mi invitación.  Su rostro mostraba una simpatía de las que gustan y hacen sentirse gemütlisch (una de mis palabras favoritas en alemán y que significa algo así como cómodo). Enseguida empezamos a hablar de la vida en el Congo. Cada persona que conocía que vivía allí me hacía sacar el montón de preguntas que se iban acumulando en mi interior: cómo llevas la vida aquí, a qué te dedicas, cómo haces para no volverte loco en este país, en el que en tan sólo un par de semanas se me habían revuelto las entrañas de una manera que no conocía hasta entonces…

Cualquier persona a la que le mostraba este mar de dudas (acompañadas de mi más profunda admiración) me respondía con una intensidad que se correspondía perfectamente con mi inquietud. Lo que me dejaba claro lo difícil de vivir en un lugar así, y lo que nos hacía cómplices de la barbaridad que se vive estando allí.

 

 

Él era sudamericano, no recuerdo exactamente de dónde, así que el idioma también estaba de nuestra parte en este entendimiento. Me contó que trabajaba para Naciones Unidas, lo que me hizo mostrar mi admiración una vez más. Y mientras seguimos charlando distendidamente, compartió conmigo los consejos que le dio la persona a la que él fue a sustituir en su puesto de trabajo un par de años atrás.

Lo primero: distinguir bien entre tus horas de trabajo y tu tiempo libre. Es necesario dedicarse un tiempo para uno mismo, y aquí es difícil. Me sentía tan identificada...

Y lo segundo: tener un hobbie, cualquier afición es buena. Él había empezado a pintar. Le agradecí sus consejos.

 

Ese café, con esa pequeña charla, ese compartir experiencias y brindar sus consejos, me hizo mucho bien. Como lo hacía cada una de mis charlas con todo aquel que se cruzaba por mi camino y que parecía comprender perfectamente mi estado de ansiedad, de shock brutal, generado  por la impotencia y la rabia que sentía desde que llegué. 

 

 

Él, además, (y como tantos otros allí) mostraba ese nosequé que nos une a los “de fuera”; ese querer hacerte las cosas más fáciles allí, dentro de sus posibilidades, y su persona delataba una bondad y simpatía que me cautivaron. Fue un placer.

 

Un par de días después, supongo que recordando este momento y este personaje tan amable, le pregunté a una  amiga de allí (que llevaba mucho más tiempo) por él. No recordaba su nombre, pero sobretodo, “me dijo que trabajaba para la ONU, pero sabes en qué exactamente”?

 

Su respuesta fue otra de las tantas puñaladas que recibí estando allí:

 

- Comercial de armas, Pachús.

Creo que las lágrimas en mis ojos hablaron por mí. Él es bueno. Eso ya lo había visto, ya lo sabía.

 

- Alguien tiene que suministrar armas a los cascos azules, añadió.

 

Claro.

 

La conclusión una vez más: En que puto mundo vivimos? En qué maldito momento el ser humano dejó de ser humano?

 

Y volví, como siempre, a lo único que podía hacer… A cambiar esos pañales que escocían en mis pequeños, a dar esos biberones que no sabía si se habían dado, a seguir en la lucha del segundo  que se convierte en minuto crucial para algunos pequeños;  sin pensar en nada más; mientras la rabia y la impotencia, despiadadas, seguían clavándose en mí.