La enfermedad más grave es la indiferencia.

Pachús Barbón. Kinshasa. Diciembre 2013

Un hospital siempre es un lugar triste, un hospital infantil, lo es mucho más, y un hospital infantil en un país sin recursos...... pues eso!

 

Siempre he pensado en lo duro que debía resultar trabajar en un hospital, una ambulancia, asistencia o rescate en accidentes. Y creía que estos profesionales estaban hechos de otra pasta para poder sobrellevar toda la carga emocional que supone un trabajo así. Desde luego, creo que son los profesionales que más admiro. Tratar el sufrimiento, la enfermedad y la muerte tan de cerca, y día tras día, debe ser agotador. Por otro lado, me parece la profesión más importante y necesaria, junto con la de maestro.

 

Después de casi dos meses en la pediatría, he podido vivir un poco de lo que es la vida en un hospital (poco, porque mi trabajo no está allí) pero es la vez que más cerca he estado del día a día en un centro sanitario. Viendo y viviendo la enfermedad y la muerte tan de cerca. En niños. Viendo como trabajan los profesionales de la salud, y entendiendo por fin, que cada día aprendes a llevar mejor ese sufrimiento ajeno, y en mi caso, al menos, que cada día te haces más fuerte frente a él (que no menos sensible). Entiendo esa aparente frialdad, o fortaleza diría yo, de médicos, enfermeras y enfermeros, que tratan a diario con eso.

Un orfanato también es un lugar triste. “ABANDONADO”, cada vez que lo leo en una de sus fichas junto con el nombre, fecha y demás, se me retuerce otra vuelta el estómago. Siguen sin parar de llegar, y las cunas no dan más de sí. Algunas son auténticas latas de sardinas, y siempre hay hueco abajo (en el suelo y sin colchón) para otros tantos, más mayorcitos.

 

Pero en el orfanato se viven otras cosas. Se vive la familia. Hacemos de mamás de todos esos niños y niñas y compartimos todo el día con ellos. Desde que se levantan hasta que se acuestan. Los más mayores, sobretodo algunas niñas, ayudan con los cuidados de sus hermanos pequeños, juegan con ellos, y también les molestan a veces, como todos los hermanos. Es precioso. Vas viéndoles crecer: los primeros pasos de Gemima, los dos dientecillos de Francesca y Joseph, las primeras parrafadas de Joseph, la sonrisa de Moise, que la tenía escondida, el gateo a toda velocidad de Agata, el intento de Agustín, las primeras muecas de Laura... Se crean lazos que cada vez son más fuertes. Los pequeños no paran de dar luz cada rato, algo sin lo que la menda difícilmente hubiera aguantado tanto tiempo en este lugar. Los bebés, con sus monerías de bebé. Los que ya corretean, con sus recibimientos, sus abrazos, sus besos (cualquiera diría que han pasado sólo horas desde que nos vimos). Las más mayores , de manera más tímida también piden cariño, y sobretodo dan, y tanto que dan! Cada vez que alguna de ellas me da un abrazo, así sin venir a cuento, siento como si me inflara lentamente.

Somos una gran familia. Con más de 700 niños y niñas.

Así que, os podéis imaginar cuando se juntan

hospital,

muerte,

y familia-orfanato.

Eso duele, sí!

 

Y aunque cada día nos hacemos más fuertes, hay cosas a las que espero no acostumbrarme en la vida. Como dice mi hermanito Rodrigo: la enfermedad más grave es la indiferencia.

 

Mucha salud a todxs!!!

Pachús

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